Pensamientos sobre mormonismo, raza y culturas del mundo
Hace algunos años, después de meditar sobre las doctrinas restauradas acerca de la existencia premortal y las posibilidades futuras disponibles para toda la humanidad a través de la expiación de Jesucristo, me di cuenta que a causa del tan llamado velo del olvido, no recordamos nuestras verdaderas identidades. Durante nuestra experiencia mortal, todo lo que sabemos sobre nuestras identidades tiene que ver con lo que otras personas mortales piensan lo que somos, y con lo que nosotros pensamos lo que somos.
Mientras estamos en este mundo mortal, a menudo tendemos a juzgarnos y juzgar a otros por nuestras apariencias externas. Nos damos cuenta de las características físicas de los cuerpos mortales; color de la piel y de los ojos; clase de cabello; ornamentos externos como ropa, carros, propiedades, o propiedades financieras; y otras características más o menos intangibles como idioma, acento, conocimiento, entendimiento, experiencia profesional, títulos, grados académicos, etcétera. En general estas imágenes externas, o fachadas, son todo lo que nos vemos unos a otros, y casi siempre parecemos satisfechos con esa clase de conocimiento. El presidente John Taylor enseñó lo siguiente:
“Es sólo en la forma que uno mira a una persona que lo lleva a formarse opiniones de él. En un sentido, él parece, como si fuera, como el pasto del campo, el cual está hoy, y mañana es lanzado al horno. Él es variable en sus opiniones, en sus pensamientos, reflexiones, y acciones. Él es vano, vanidoso y visionario, sin estar gobernado por algún principio correcto.”
“…En otro punto de vista, lo miramos como surgiendo de los dioses – como un Dios en embrión – como un ser eterno que tuvo una existencia antes de venir aquí, y quien…resucitará y participará de esa felicidad para la cual él está destinado, o recibir la recompensa por sus malos actos, según las circunstancias.”
Permítanme aplicar y ampliar este concepto de ser un “Dios en embrión” usando el mismo tipo de razonamiento una vez empleado por Abinadí al hablar “de cosas futuras como si ya hubiesen acontecido” (Mosíah 16:6). Esto implica que si nuestra fe en Cristo es lo suficientemente fuerte, podríamos ver acontecimientos futuros, como si ellos ya hubieran pasado, y esto puede ser lo que significa ver las cosas con una perspectiva eterna. O, en otras palabras, tener una perspectiva eterna podría significar la habilidad de verse a uno mismo de una manera no atado por las limitaciones del tiempo y espacio, si no que como un ser eterno, cuyo fin ya es conocido por el Señor desde el principio y para quien el cumplimiento tangible de ese fin está esperando una simple confirmación. Podríamos decir que mediante su Expiación infinita y eterna, Cristo no solamente nos brinda la posibilidad de hacernos suyos, si no que también en volvernos en lo que Él mismo es, si obedecemos Sus leyes y recibimos Sus ordenanzas. La clave de esta transformación recaería en nuestro poder de ejercer el albedrío moral – escoger el bien y confirmar nuestro destino eterno, o escoger el mal y destruir los preparativos individuales que Cristo ha hecho para nosotros.
Al vernos a nosotros mismo bajo esta perspectiva – hablando de futuros acontecimientos como si ya hubieran pasado – podemos imaginarnos a nosotros mismos en este mismo momento como seres resucitados y glorificados en el más allá, gozando de nuestras posteridades eternas y organizando para ellos mundos innumerables. Como mortales, bajo la influencia del velo, nos acostumbramos al concepto del tiempo lineal. Sin embargo, inmortales, los seres exaltados no viven en el tiempo, si no que en la eternidad, “donde se manifiestan todas las cosas para su gloria, pasadas, presentes y futuras” (Doctrina y Convenios 130:7). Ellos no viven más en el mundo de las probabilidades inciertas y sus alternativas consiguientes o caminos torcidos. Al contrario, tal como el curso del Señor, su curso no es lineal, sino que es un giro eterno (véase Doctrina y Convenios 3:2). Además, a fin de entender nuestras verdaderas identidades bajo una perspectiva eterna, debemos ejercitar nuestro intelecto con el ojo de la fe, y en nuestras mentes continuamente debemos imaginar nuestro glorioso pasado premortal, apreciar la bendición de nuestro presente mortal, y visualizar nuestro futuro exaltado.
Algunos pueden argumentar que esto parece más ciencia-ficción. Sin embargo, muchas cosas que fueron consideradas ciencia-ficción hace pocas décadas han llegado a ser hechos científicos ahora. Algunas veces me pregunto si lo que llamamos ahora ciencia-ficción podría en realidad ser sólo otro efecto de la luz de Cristo actuando en las mentes de las personas, dándoles vistazos de los potenciales disponibles para los seres que viven en la eternidad.
Por lo tanto, propongo que esto deberá ser analizado para que podamos empezar a entender quienes deberíamos pensar que somos. Al visualizarnos en un más allá glorioso, llegaremos a entender porqué nuestras normas son tan altas y nuestros mandamientos tan estrictos – porque al vernos bajo una perspectiva eterna, cada uno de nosotros ya es un ser eterno con una talla cercana a lo divino. Esta misma línea de razonamiento también expone la magnitud de la gravedad del pecado. Cuando pecamos o transgredimos y no nos arrepentimos, no sólo traemos consecuencias negativas sobre nosotros como seres mortales sencillos, si no que también sobre nuestros futuros seres como seres eternos, glorificados y sobre todo lo que podríamos representar en la eternidad.
Así que ahora – porque Cristo ha finalizado los preparativos para este futuro glorioso (véase Doctrina y Convenios 19:19) – es nuestra decisión si confirmamos o no nuestro derecho para nuestras posteridades y reinos o los perdemos completamente. Ya hemos sido llamados y elegidos, y lo que queda por hacer – todavía una tarea mayor – es sólo la mera confirmación o ratificación de estos llamamientos y elecciones (véase Doctrina y Convenios 131:5-6; 132:7,49; véase también 2 Pedro1:5-11).
Hasta ahora he presentado lo que entiendo es la base doctrinal que revela una dimensión mucho más amplia de lo que llamamos mormonismo. Estas dos doctrinas – humanos como dioses en embrión y la Expiación – tienen un impacto directo y poderoso en nuestras relaciones. Ellas implican que en cualquier momento de nuestras vidas estaremos tratando con hermanos y hermanas que han sido creados a la imagen de Dios, de esta manera siendo ellos mismos dioses en embrión. Además, y como una consecuencia directa de la Expiación de Jesucristo, también llegamos a saber cuán valiosa es cada persona.
El Señor nos advirtió, “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios; porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne” (Doctrina y Convenios 18:10-11). Basado en esto, ¿cuánto valemos? La respuesta es que cada individuo mortal vale la vida de Cristo – la vida de un miembro de la Trinidad. Y propongo, sin recurrir ya sea a diplomacia o a cualquier tierna bondad, que así es cómo deberíamos juzgar, medir, estimar, considerar, o apreciar unos a los otros – como individuos mortales que valemos la vida de ” el mayor [Dios] de todos” (Doctrina y Convenios 19:18).
El conocimiento de nuestra divina filiación y la Expiación tienen un impacto crítico al ayudarnos a redescubrir nuestra verdadera identidad. De acuerdo a estas doctrinas, todos los seres humanos – ya sea considerados asiáticos, caucásicos, negros, hispanos, o cualquier otra variación o combinación racial posible – son la progenie de los Padres Celestiales, creados a su semejanza e imagen. Consecuentemente, dentro de cada uno de nosotros – no importa quienes somos, dónde vivimos, o cómo vivimos – brilla el destello de la divinidad en la forma de características divinas, virtudes divinas, y un potencial ilimitado.
El apóstol Pablo enseñó que Cristo nos compró con el precio de su propia sangre (véase Hechos 20:28; 1 Corintios 6:20; 7:23). Así que la Expiación contesta la pregunta filosófica de siglos de antigüedad sobre el valor de la vida humana. Cada persona mortal vale la vida del Salvador, y porque Él es Dios, infinito y eterno (véase Mosíah 15:1-4; Alma 34:10,14), podemos decir que cada miembro de la familia humana tiene un valor infinito.
Basado en los relatos incompletos de las escrituras disponibles a finales del siglo veinte, aparece que por un cierto período de tiempo después de la caída de Adán pudo haber existido sólo una raza en el mundo. Hoy en día sólo podemos especular de cómo esa primera raza mortal podría haber parecido. En los primeros días de esta dispensación, José Smith y Lorenzo Snow enseñaron que en una cierta temporada en las eternidades, Dios mismo habitó un planeta como el nuestro. Si reflexionamos en esta enseñanza por un momento, concluiremos que Él seguramente tuvo una familia, un trabajo, una cultura, y una identidad nacional, y también debemos aceptar como inevitable la presunción que Él también perteneció a alguna clase de grupo racial, inimaginable para nosotros está etapa del tiempo. Inevitablemente esto nos lleva a las siguientes preguntas: ¿Pudo el Señor en su estado mortal de existencia haber aprendido sobre prejuicio y discriminación? ¿Podría ser que Él sufrió las mismas experiencias que ciertos grupos raciales o étnicos han pasado (o están pasando) en nuestro planeta? Si es así, ¿podría ser que Él permitió que existieran tales cosas para que así pudiéramos entender mejor Su origen y la magnitud de su misericordia y amor?
Desafortunadamente, en este tiempo las respuestas a estas preguntas estarían en el campo de la especulación errática, así que las dejaremos para futuras investigaciones proféticas. Pero si por un breve momento pudiéramos ver estas presunciones como verdaderas, también sería posible concebir que las palabras de Dios para estos sufrimientos, en este tiempo muy bien podrían ser:
“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;… Sé apaciente en las aflicciones, porque tendrás muchas; pero sopórtalas, pues he aquí, estoy contigo hasta el fin de tus días….Ten paciencia en las tribulaciones; no ultrajes a los que ultrajan….¡Ay del mundo por los tropiezos! Porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!” (Doctrina y Convenios 121:7; 24:8; 31:9; Mateo 18:7).
Una vez que reconozcamos el destello de divinidad en cada miembro de la familia mortal humana, cada uno hecho igualmente invalorable a causa de la Expiación de Jesucristo, podríamos ser más capaces de aceptar y entender las implicaciones del hecho que el “noble y grande” – aquellos espíritus quienes el Señor preordenó para ser sus líderes – fueron enviados por todo el mundo (véase Abraham 3:22-23; Alma 29:8; 2 Nefi 29:7).
Ellos fueron líderes honorables y devotos y reformadores (religiosa, política y filosóficamente) enviados por el Señor para transmitir una porción de su luz y verdad a su pueblo, conforme al perfecto conocimiento previo y sabiduría de Dios. Cada uno de estos individuos del pasado seguramente estaba lejos de ser perfecto, y en un punto o en otro en sus vidas pudieron haber cometido errores en juicio o conducta. Sin embargo, porque ningún mortal común jamás ha estado libre del error, no hay necesidad de endiosar a algunos mientras se denigra y se rechaza a otros.
Basado en la declaración de las escrituras que el Señor es el mismo ayer, hoy y para siempre (véase 2 Nefi 27:23; Doctrina y Convenios 20:12; 35:1), podemos asumir que Él todavía puede enviar esos ministros en nuestros días. Y no tenemos razón para creer que los nobles y grandes tienen que ser enviados sólo, en épocas contemporáneas, a las naciones más industrializadas y prósperas del mundo occidental. Al contrario, es concebible que estos espíritus, a quienes el Señor ha preordenado para que sean sus líderes, podrían muy bien ser hablantes nativos de cantonés, ruso, laosiano, mandarín, hopi, tagalo, indi, árabe, navajo, urdu, yoruba, cakchiquel, o suajili, así como también otro idioma o dialecto.
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