Perfeccionando las relaciones raciales con las doctrinas del Evangelio Restaurado
Las revelaciones que se encuentran en la Doctrina y Convenios frecuentemente son bendiciones y privilegios prometidos a aquellos hombres y mujeres que reciben el evangelio restaurado de Jesucristo, que reciben sus ordenanzas salvadoras administradas por el poder del sacerdocio y que guardan los mandamientos de Dios. Estas promesas se extienden a todas las naciones, reinos, lenguas y personas, sin excepción:
“Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado….Sino que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo;…Os digo, oh habitantes de la tierra: Yo, el Señor, estoy dispuesto a hacer saber estas cosas a toda carne; porque no hago acepción de personas….Y el Espíritu da luz a todo hombre que viene al mundo; y el Espíritu ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu” (Doctrina y Convenios 1:2, 20, 34-35; 84:46).
El idioma de las revelaciones recibido por el profeta José Smith es inconfundible en ese aspecto – todas las bendiciones están disponibles para todos los fieles en cualquier parte del mundo, sin tener en cuenta la raza o nacionalidad.
Por lo tanto, como ya se mencionó anteriormente, la revelación que extendió el sacerdocio a todos los hombres dignos no fue sólo parte de la restauración de todas las cosas, si no que también fue absolutamente esencial para la preparación de la Segunda Venida de Jesucristo y el establecimiento de Su reino milenario. En las palabas del élder Bruce R. McConkie, la revelación de 1978 “fue algo que era obligatorio e imprescindible a fin de facultarnos para cumplir con todas las revelaciones que están involucradas, a fin de propagar el evangelio en la manera que las escrituras dicen que se debe propagar antes de que el Señor venga, a fin que todas las bendiciones lleguen a todas las personas, según las promesas.”
Aunque no tengamos una revelación registrada que establezca la prohibición del sacerdocio a mediados del siglo diecinueve, tenemos testigos modernos de una revelación poderosa que confirma el alcance universal del evangelio restaurado de Jesucristo y la amplia extensión de sus bendiciones prometidas. Algunos de los hermanos que estuvieron presentes cuando el Señor manifestó Su voluntad en 1978 han dejado sus solemnes testimonios al mundo. El élder McConkie dijo lo siguiente:
“[Cuando] el presidente Kimball finalizó su oración, el Señor le dio una revelación por el poder del Espíritu Santo…. En esta ocasión… el Señor…derramó el Espíritu Santo de una forma maravillosa y milagrosa, más allá de cualquier cosa que los presentes hubieran experimentado….”
“La revelación vino al Presidente de la Iglesia; también a cada individuo presente. Habían diez miembros del Consejo de los Doce y tres de la Primera Presidencia allí reunidos.”
Contrario a las expectativas, no fue nada más el presidente Kimball quien recibió la revelación y les consultara a sus consejeros y a los Doce Apóstoles para que estuvieran de acuerdo. Todos los trece profetas, videntes y reveladores presentes en esa reunión recibieron la misma revelación. Todos los diez profetas vivientes entonces vivos, videntes y reveladores, con la excepción de dos – élder Mark E. Petersen, quien andaba viajando en el extranjero y el élder Delbert L. Stapley, quien estaba gravemente enfermo en el hospital – recibieron la misma revelación al mismo tiempo. El élder David B. Haight en un discurso de la conferencia general en 1996 testificó de esa experiencia:
“Estaba en el templo cuando el presidente Spencer W. Kimball recibió la revelación relacionada con el sacerdocio. Yo era el miembro más joven del Quórum de los Doce…Yo estuve allí en esa habitación, con el derramamiento del Espíritu tan fuerte que ninguno de nosotros pudo hablar después. Sólo salimos calladamente de regreso a las oficinas. Nadie pudo decir nada a causa del poderoso flujo de la experiencia espiritual celestial.”
El presidente Gordon B. Hinckley expresó, en palabras similares, su testimonio de ese acontecimiento milagroso:
“Había una atmósfera sagrada y santificada en la habitación. Para mí se sintió como que si un conducto se abrió entre el trono celestial y el profeta de Dios arrodillado y suplicante, quien estaba acompañado por sus hermanos. El Espíritu de Dios estuvo allí. Y por el poder del Espíritu Santo vino al profeta la certeza que la cosa por la cual él oró era correcta, que el tiempo había llegado, y que ahora las bendiciones maravillosas del sacerdocio deberían extenderse a todos los hombres dignos en todo lugar, sin tener en cuenta el linaje.”
“Cada hombre en ese círculo, por el poder del Espíritu Santo, supo la misma cosa. Ninguna voz audible a nuestros oídos físicos se escuchó. Pero la voz del Espíritu murmuró con certeza a nuestras mentes y a nuestras meras almas. Ninguno de nosotros que estuvo presente en esa ocasión, fue el mismo después de eso. Ni la Iglesia ha sido la misma.”
Aunque que no sabemos porqué había una prohibición del sacerdocio, sabemos que la prohibición terminó cuando el Señor mismo dio una revelación poderosa a sus profetas vivientes. Creo en el testimonio de estos hombres. Ellos eran profetas de Dios. Así que cualquiera que sea la razón de la prohibición, permanece con el Señor mismo.
Mirando en retrospectiva casi treinta años desde que fue recibida la revelación, podría argumentar que la prohibición del sacerdocio, tal vez más particularmente la hipótesis usada para justificarla, me dio a mí y a otros Santos de los Últimos Días con linaje negro-africano una oportunidad continua para mostrar la profundidad de nuestro compromiso con el Señor y Su reino en una forma específica, que nuestros compañeros Santos de los Últimos Días de otras razas nunca podrán experimentar.
Permítanme ilustrar lo que quiero decir con la expresión “oportunidad continua.” Durante los tres años que me llevó completar mi doctorado en Filosofía en la Universidad Brigham Young, era conferencista de medio tiempo para el departamento de Sociología y el departamento de Historia de la Iglesia y Doctrina. Recuerdo que cada semestre, por lo menos un estudiante afroamericano llegó a mi oficina con una pregunta principal, porque él o ella habían escuchado que alguien había dicho que ya que ellos eran de un “linaje maldecido”, ellos nunca podrían entrar al reino celestial a pesar de vivir una vida recta. También, si alguien de otra raza se casaba con ellos, a su esposa/o también se le impediría ganar la gloria celestial.
A menudo respondía medio bromeando que esta era una doctrina falsa muy conocida, porque no se podía encontrar en las escrituras y nunca había sido aceptada oficialmente por la Iglesia. Y luego les preguntaba a esos estudiantes: “¿Por qué fueron ustedes bautizados? ¿Qué llamamos bautismo?” Invariablemente ellos respondían que el bautismo es la puerta al reino celestial, a lo cual yo respondería, “Si el bautismo es la puerta al reino celestial, ¿cómo es que después de vivir dignamente toda su vida, a usted no se le permitiría ir allí?” Esos estudiantes veían que esa idea era inconsistente con las doctrinas del evangelio restaurado.
Ellos habían sido bautizados mucho después que la prohibición del sacerdocio había desaparecido, pero estas personas jóvenes todavía tenían que ejercitar la misma fe como la de los primeros (pre-1978) conversos negros, a fin de permanecer activos en la Iglesia. Eso es lo que quiero decir con una oportunidad continua para mostrar la profundidad de compromiso de cada uno en el evangelio restaurado.
La revelación de 1978 cambió las dinámicas de las relaciones raciales en la Iglesia, y esto se refleja en los consejos dados por los Apóstoles y profetas. El élder Russell M. Nelson del Quórum de los Doce Apóstoles, citó una declaración conjunta publicada en 1992 por la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce, la cual expone: “Es moralmente incorrecto para cualquier persona o grupo negarle a cualquiera su inalienable dignidad sobre la teoría trágica y abominable de superioridad racial o cultural.”
El presidente Hinckley enseñó lo siguiente en dos conferencias generales de la Iglesia:
“No debemos ser partidarios de cualquier doctrina de superioridad étnica. Vivimos en un mundo de diversidad. Podemos y debemos ser respetuosos hacia aquellos con quienes no estamos de acuerdo con sus enseñanzas. Debemos estar dispuestos a defender los derechos de otros que pueden llegar a ser víctimas de intolerancia.”
Luego él agregó, “Me han contado que comentarios de difamación y denigración a veces son escuchados entre nosotros. Les recuerdo que ningún hombre que hace comentarios denigrantes sobre aquellos de otra raza, puede considerarse un verdadero discípulo de Cristo. Ni puede considerarse estar en armonía con las enseñanzas de la Iglesia de Cristo. ¿Cómo puede cualquier hombre que posee el sacerdocio de Melquisedec arrogantemente suponer que él es elegible para el sacerdocio mientras que otro que vive una vida recta, pero que su piel es de un color diferente no es elegible?”
“Durante mi servicio como un miembro de la Primera Presidencia, he reconocido y hablado varias veces sobre la diversidad que vemos en nuestra sociedad. Se trata de nosotros, y debemos hacer un esfuerzo para acomodar esa diversidad.”
“Todos debemos reconocer que cada uno de nosotros es un hijo o hija de nuestro Padre en los Cielos, quien ama a todos sus hijos.”
“Hermanos, no hay bases para el odio racial entre el sacerdocio de esta Iglesia. Si alguien que esté dentro del alcance de mi voz tiene inclinaciones a permitir esto, entonces vaya él ante el Señor y pida perdón y no se involucre más en tales cosas.”
Tenemos un evangelio maravilloso. Tenemos profetas vivientes, videntes y reveladores. Tenemos más luz y conocimiento ahora que lo que teníamos en 1900 ó en 1920 ó en 1950. Hemos llegado a ser un poco más sabios como personas, y ahora estamos luchando por lograr ser un poco más bondadosos, un poco más como Cristo. A fin de ser como Cristo, tenemos que estar dispuestos a reconocer que la Expiación de Jesucristo fue infinita y eterna, que la puerta del Cielo está abierta para todos los que quieran venir bajo las condiciones establecidas por el Señor mismo. Aparte de los profetas vivientes, no estamos autorizados para agregar condiciones por nuestra cuenta a aquellas que están en las escrituras.
No hay razón para denigrar o menospreciar a alguien; no hay razón para segregar o rechazar a alguien. Podemos llegar a reunirnos como un pueblo, como una Sión. A causa de que vivimos en el mundo en este estado premilenario, tenemos que luchar con asuntos complicados que en las sociedades puedan surgir. Pero como discípulos de Cristo, recae en nosotros usar nuestra influencia para el bien y enseñar a otros que es incorrecto aplastar a nuestros hermanos y hermanas, porque no importa como lucimos, cuál es nuestra nacionalidad, qué idioma hablamos, no importa cuánto dinero producimos, y no importa a qué esfera pertenezcamos, todos somos hijos del mismo Dios. Las diferencias que puedan existir entre nosotros, en gran parte son diferencias fabricadas por el hombre y no son del Señor.
Recuerdo claramente haber leído en la Perla de Gran Precio, el pasaje conmovedor describiendo la experiencia de Enoc al ver al Señor llorando – derramando lágrimas de tristeza divina – por la condición del mundo en las épocas de Enoc y Noé (véase Moisés 7:28-29, 33-40). Estoy seguro que el Señor sigue llorando cuando ve los disparates y la falta de amor que existe en el mundo de hoy. Este no es asunto de blanco y negro. Por todo el mundo podemos encontrar conflictos y roces raciales, étnicos, y religiosos entre blancos, entre negros, y entre otras razas – lucha racial y étnica que casi invariablemente resulta en guerras y rumores de guerra. Todos estos asuntos podrían resolverse si reconocemos que somos hijos del mismo Dios y herederos de potencial divino, cualidades divinas y atributos divinos – que podemos escoger el bien y rechazar el mal, que podemos ver más allá de nuestras diferencias y trabajar hacia un bien común.
Tenemos el poder para hacer esto. Creo que mientras adoptemos esta idea de reconocer en cada uno la imagen y semejanza de Dios, realmente llegaremos a Cristo, lo que entiendo como llegar a un estado de ser como Cristo – a un cierto grado, ver, actuar y sentir como Jesucristo lo hace. Para mí eso es un significado de la expresión “venir a Cristo.”
