Testimonio de Peter M. Johnson
Peter M. Johnson era profesor auxiliar de contabilidad en la Universidad Brigham Young cuando se dio este discurso el 6 de Febrero del 2007.
Buenos días hermanos y hermanas. Déjenme comenzar contándoles un poco acerca de mí. En el proceso compartiré mi testimonio del evangelio de Jesucristo y también los tres ingredientes que necesitamos para asegurarnos felicidad y paz en esta vida y darnos una prueba de cómo será nuestra vida en nuestro hogar celestial.
Crecí en Queens, distrito de la Ciudad de Nueva York. Nueva York es un lugar maravilloso que está lleno de emoción y entretenimiento. Siendo joven, estaba altamente involucrado con la música rap y con mi hermano pertenecíamos a un grupo de rap llamado CBS. No, no era el canal de televisión. El acrónimo CBS significaba “No se puede detener” (CBS por sus siglas en inglés ‘Can’t Be Stopped’). Pensábamos que era un buen nombre.
Viajábamos por la ciudad haciendo presentaciones en recepciones de bodas, bailes de secundarias y fiestas. Durante los meses de verano diferentes grupos de rap visitaban el vecindario y hacían presentaciones gratuitas. La mayoría de la juventud involucrada con el rap visitaba los parques para escuchar y algunas veces para competir con otros grupos. A menudo, sin embargo, estos conciertos gratuitos atraían negocios de drogas y promovían la violencia de vez en cuando.
Fue durante el verano de mi catorceavo año que un incidente violento sucedió al azar – en el cual no tuve participación – me dio una oportunidad para salir de la ciudad de Nueva York y cambiar el curso de mi vida para siempre.
Durante ese tiempo fui muy afortunado que mi madre decidió enviar dinero a la familia e invitó a sus hijos a ir a vivir con ella a Hawaii. El dinero llegó justo a tiempo y esa semana compré un boleto de ida hacia Hawaii.
Cuando llegué a Hawaii, reconocí rápidamente las muchas diferencias con Nueva York – el océano tenía agua azul claro y había una brisa fresca por la noche. También reconocí las muchas nacionalidades y culturas. Después de mi primer día en la Secundaria Mililani, llegué a casa y le dije a mi madre que había sentido que estaba representando a África en una reunión de las Naciones Unidas.
Durante las primeras semanas en la secundaria, el entrenador de baloncesto se dio cuenta que yo era uno de los jóvenes más altos de la secundaria y me invitó a las pruebas para estar en el equipo de baloncesto. Mientras viví en Nueva York no jugué mucho baloncesto. Estuve en el equipo de beisbol y en el equipo de boliche, pero nunca había jugado en un equipo de baloncesto. Creo que fue debido a mi altura a que empecé en el equipo de la escuela siendo un estudiante del segundo curso.
Ganamos tres juegos de baloncesto ese año, y todos en la comunidad estaban emocionados, porque eran tres juegos más que los que el equipo ganó el año anterior. En mi penúltimo año de la escuela, ganamos seis juegos y cuando estaba en último año, ganamos 14 juegos y fuimos los campeones de la división oeste, lo cual nos hizo avanzar a las finales de Hawaii. Debido al éxito de mi último año, se me invitó a jugar baloncesto para la universidad BYU- Hawaii. Todo lo que sabía acerca de BYU- Hawaii era de que era una universidad similar a Notre Dame o a St. Mary´s University, con base religiosa.
Al inicio del semestre de otoño, recibí instrucciones de mi consejero académico de que necesitaba recibir varios cursos de religión para lograr graduarme de BYU- Hawaii. En mi primer semestre decidí llevar el curso del Nuevo testamento, y por primera vez empecé a entender la importancia de un Salvador. Mientras vivía en Nueva York me había convertido en musulmán. La fe Islámica considera a Jesucristo como un gran hombre o profeta, semejante a Moisés o Abraham. No me había percatado de la importancia de Jesucristo y de Su sacrificio expiatorio hasta que leí acerca de Su vida en el evangelio de Lucas. Estudié como el Salvador sanó a los enfermos, levantó a los muertos, hizo que los ciegos vieran y los sordos oyeran.
Imagínense por un momento que todos viviéramos durante la época del Salvador y que viéramos desde lejos cuando llamó a Sus apóstoles y llevó a cabo muchos milagros, incluyendo el alimentar a 4,000. Imagínense también vimos cuando Él tomó sobre Sí los pecados del mundo.
En Lucas 22:39 dice: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron.” El término “como solía” significa “usualmente.” Cuando el Salvador quería estar solo, visitaba el Monte de los Olivos y lugares similares para orar.
La escritura continua: “Cuando llegó a aquel lugar, les dijo (a sus discípulos): Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró” (Lucas 22:40-41).
Imagínense al Salvador instruyendo a Sus apóstoles a orar para sobrellevar la tentación y luego Su retirada “a distancia como de un tiro de piedra” alrededor de 30 ó 40 yardas. Luego se arrodilló para orar, diciendo: “Padre, si quieres, pasa de mi esta copa; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).
En ese momento, creo que el Salvador sabía que iba a tomar sobre sí los pecados del mundo; no obstante, Él preguntó al Padre que si había otra forma en que este sacrificio se llevara a cabo. Sino, Su respuesta fue, “que no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
“Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:43-44).
El Salvador sintió el dolor de nuestros pecados. Ustedes saben como se siente cuando cometen un error y su corazón comienza a doler. El Salvador sintió nuestros pesares, nuestros sentimientos de culpa y angustia. Él tomó sobre Sí los pecados de toda la humanidad – mis pecados, sus pecados, los pecados de los que vivieron antes de nosotros y los pecados de aquellos que vivirán después de nosotros. El dolor fue tan grande que causó que el Salvador, Jesucristo mismo, sangrara por cada poro de Su cuerpo (véase Mosíah 3:7; Doctrina y Convenios 19:18). Bueno, ustedes conocen el resto de la historia. Judas traicionó al Salvador con un beso y Jesús sufrió más dolor antes que fuera clavado en la cruz. El Salvador sufrió la muerte para que pudiéramos tener vida.
Mientras avanzaba el semestre de otoño, me presentaron a los misioneros. Ellos visitaron mi dormitorio con frecuencia. Recuerdo poner música rap en el estéreo y que les preguntaba a los misioneros si querían que bajara el volumen. Por mucho tiempo pensé que los misioneros llegaban a menudo al dormitorio sólo por mi música. No fue hasta que serví una misión cuando aprendí que a los misioneros no les era permitido escuchar música.
Después de una semana de visitas diarias, los misioneros me preguntaron si quería tomar las lecciones misionales. Mi primera lección con ellos la recibí en la biblioteca de BYU-Hawaii y me mostraron el video de la primera visión. La película hablada acerca de José Smith y como él a la edad de 14 años había sentido confusión a causa de las muchas religiones. Él quería aprender la verdad y entender mejor el plan del Padre Celestial. El joven José buscó en las escrituras y leyó en Santiago 1:5 que “si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios.” Esta escritura tocó el corazón del joven José y luego decidió ejercitar la fe y preguntar a Dios para recibir guía y verdad. (José Smith-Historia 1:9-13).
José Smith se dirigió a una arboleda y se arrodilló para orar. Mientras oraba vio una columna de luz y en medio de la columna el joven José vio a Nuestro Padre Celestial y a Jesucristo (véase José Smith-Historia 1:14-20). Mientras yo veía este video sentí en mi corazón que era verdadero. José Smith ejercitó la fe, confianza en el Señor y recibió la respuesta a su oración.
Los misioneros continuaron enseñándome el resto del semestre. Fue divertido y aprendí mucho, pero no tenía ningún deseo de unirme a la Iglesia.
El siguiente semestre me reuní de nuevo con mi asesor y de nuevo me instruyó que llevara un curso de religión. Decidí llevar el curso de El Libro de Mormón. No tenía duda acerca de la posibilidad de escrituras adicionales, ya que siendo musulmán había estudiado el Santo Corán.
Mi profesor del libro de Mormón fue el hermano Gary Smith de la Escuela de Negocios. Al empezar el curso, comencé a leer sobre Nefi y como siendo un joven había escuchado al Señor. Cuando el padre Lehí instruyó a sus hijos que debían regresar a Jerusalén para conseguir las planchas de bronce, Lamán y Lemuel murmuraron, mientras que Nefi simplemente dijo:
“Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres son prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).
Nefi ejercitó la fe, confió en el Señor, y consiguió las planchas de bronce.
Leí acerca sobre el rey Benjamín y como él sirvió a las personas con todo su corazón, poder, mente y fuerza. Él amaba a las personas a quienes sirvió y sobre todo, amó al Señor. Durante sus últimos días en la tierra, el rey Benjamín construyó una torre para poder enseñar a su pueblo muchas cosas pertenecientes al reino de Dios. El rey Benjamín dijo:
“Y he aquí, os digo estas cosas para que aprendáis sabiduría; para que sepáis que cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17).
El rey Benjamín sirvió a su pueblo así como debemos servimos unos a otros. El rey Benjamín ejercitó la fe, confió en el Señor y trajo paz a la nación entera.
Leí en 3 Nefi de cómo el Señor resucitado visitó a las personas en el continente americano. El Salvador fue presentado por Su Padre:
“He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd. Y aconteció que extendió la mano, y habló al pueblo, diciendo: He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo. Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo; y he bebido la amarga copa que el Padre me ha dado, y he glorificado al Padre, tomando sobre mí los pecados del mundo, con lo cual me he sometido a la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio” (3 Nefi 11:7, 9-11).
El Señor dijo a las personas:
“Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo” (3 Nefi 11:14).
El Salvador – mi Salvador, el Señor resucitado – extiende Sus manos de misericordia y amor a todos quienes vengan a Él. El Salvador. Mi hermano. Mi amigo. Luego paré de leer.
Era casi el fin del semestre de invierno. Había completado mis finales y me estaba preparando para regresar a casa al otro lado de la isla. Mi beca no cubría el período de primavera y estaba preparado para trabajar durante la primavera y el verano a fin de ahorrar dinero para el semestre de otoño. En el día en que me estaba alistando para irme del campus, recibí una nota en mi buzón del hermano Gary Smith, mi profesor del Libro de Mormón. Quería verme. Regresé a mi apartamento, donde recibí otra nota diciendo que el hermano Gary Smith quería verme. Pensé, “¿Por qué querrá verme? ¿Será que el hermano Smith me reprobará en religión? Nadie reprueba religión.”
Pasé por su oficina, y la secretaria mencionó que el hermano Smith estaba en el Seasider, un pequeña cafeteria en el campus. Lo encontré y mientras hablábamos el hermano Smith procedió a decirme que como yo sabía que la Iglesia era verdadera y que era tiempo de que me uniera a ella. Lo miré asombrado y me pregunté que era lo que había estado tomando.
El continuó y dijo, “De lo que le he dicho, una de dos cosas va a pasar. Usted se unirá a la Iglesia de inmediato o le llevará un tiempo más.” Él citó una escritura que está en Éter que dice:
“Y ahora yo, Moroni, quisiera hablar algo concerniente a estas cosas. Quisiera mostrar al mundo que la fe es las cosas que se esperan y no se ven; por tanto, no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe” (Éter 12:6).
Yo pensé, “¿Qué tiene que ver esta escritura conmigo?”
El hermano Smith me explicó que creía que yo estaba esperando algún tipo de milagro o visión antes de unirme a la Iglesia. Dijo, “Usted necesita actuar de acuerdo con lo que ya sabe que es verdadero antes de que pueda recibir un testimonio mayor. ‘Por tanto, no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba (o ejercicio) de vuestra fe.’”
El hermano Smith tenía razón. Yo pensé, “¿Por qué no puede recibir una visión como el profeta José Smith?” Yo deseaba un testimonio mayor. Bueno, mi llevó un tiempo para poder unirme a la Iglesia.
Regresé al otro lado de la isla y empecé a salir con mis amigos. Hacia el final del verano, comencé a sentirme un tanto vacio, confundido e inseguro. Extrañaba la universidad y los maravillosos sentimientos que había sentido en BYU- Hawaii
Dos semanas antes de comenzar las clases, recibí una llamada del entrenador Ken Wagner. El entrenador Wagner había sido entrenador asistente en BYU- Hawaii y durante el verano había recibido el trabajo de ser el entrenador principal en Dixie College en St. Geoge, Utah.
Me preguntó que si me gustaría jugar con él en el Dixie College. Le contesté que sí. Ese primer año no jugué no jugué baloncesto; fui practicante. Esto me dio la oportunidad de observar a los mormones. Mientras observaba, pude darme cuenta que parecían haber por lo menos tres clases de mormones.
La primera clase es similar a ustedes: estudiantes que asisten a instituto, seminario y llevan clases de religión con regularidad. Sus personalidades brillan y parece ser que siempre tienen una sonrisa en su rostro. Cuando los tiempos difíciles los acechan, saben en quien confiar y que el Señor les va a ayudar.
La segunda clase son aquellos que se dan cuenta que están lejos de casa por primera vez y que nadie sabrá lo que están haciendo. Ellos salen a fiestas y se ven involucrados en relaciones inmorales. Ellos creen que se están divirtiendo, pero por dentro se sienten infelices. Ellos no tienen el “brillo”.
La tercera clase de mormones son los que se “sientan en la cerca,” inseguros de quienes son. Cuando los vientos de tentación soplan, parece ser que ellos siguen esa dirección. Ellos se ven confundidos más que cualquier cosa.
Mientras noté esas clases de mormones, pensé, “Peter, ¿qué clase de mormón te gustaría ser?” Quería ser como Rick West, mi primer compañero de cuarto en BYU- Hawaii y misionero retornado; como Bob Barnes, un compañero de equipo en Dixie College y un gran amigo; y como el entrenador Wagner, quien me había ayudado a entender la importancia de la familia. Ellos tenían el brillo.
Pensé, “Si yo voy a ser mormón, debo aprender cómo ellos salen en citas.” Así que me inscribí en un curso de instituto llamado “Saliendo en citas y cortejo”. Supuse que los otros 28 alumnos masculinos en el curso pensaban igual que yo.
Poco tiempo después, un buen amigo, Trudy Smith, empezó a tomar las lecciones misionales. Ella me invitó a asistir juntos. Esta vez las hermanas misioneras me enseñaron acerca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Como pueden saber, las hermanas misioneras enseñan el evangelio de una manera distinta que los élderes. Después de cada lección lloraban al compartir sus testimonios y querían abrazarme, pero no lo hicieron porque está en contra de las normas de la misión. Hacia el final de las lecciones me pidieron algo que los élderes no me habían pedido. Me pidieron que ayunara y orara para averiguar la veracidad del evangelio. Estaba familiarizado con el ayuno. Como musulmán, se ayuna durante el mes de Ramadán, un tiempo sagrado de adoración.
Ayuné y al terminar, regresé a mi apartamento en Dixie College, me arrodillé y simplemente pregunté, “Padre Celestial, ¿el Libro de Mormón es la palabra de Dios y es José Smith un profeta?”
No, no tuve una visión, ni recibí la visita de un ángel. Sentí calidez en mi corazón, un sentimiento que había ya sentido en muchas ocasiones antes – un sentimiento que había experimentado mientras asistía a BYU- Hawaii y cursaba la clase de El Libro de Mormón con el hermano Smith. Era el mismo sentimiento que había tenido cuando vi la película sobre José Smith. Esta vez, sin embargo, el sentimiento de calidez vino a mí cuando estaba solo y supe que venía de Dios. Él contestó mi oración. Yo tenía un testimonio.
Les dije a las misioneras que me quería bautizar, pero primero quería regresar a Hawaii para que mi madre viera que me unía a la Iglesia. Pensé que tan pronto me bajara del avión encontraría a los misioneros y me uniría a la Iglesia. Bueno, eso no pasó. Empecé a salir con mis viejos amigos y regresé a mis viejos hábitos. Al final del verano los viejos sentimientos de incertidumbre y confusión regresaron.
En Agosto de 1986, estaba en mi habitación en mi casa y decidí leer la Biblia. Leí en Juan, “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Sabía que amaba a mi madre, ella es una fuente de fuerza en mi vida; sabía que amaba a mi familia, pero ¿amaba a Dios?
Me arrodillé para orar y le dije a mi Padre Celestial por la primera vez que Lo amaba. Más tarde, ese mismo día, estaba en camino hacia el gimnasio para jugar baloncesto cuando me vi a dos misioneros en sus bicicletas. ¡Casi los atropello! Ellos se detuvieron en un costado de la calle y les pregunté que si podían llegar a mi casa esa noche. Ellos pensaron que era un milagro. La siguiente semana fui bautizado y era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Regresé a Dixie College ese otoño y ahí jugué durante mi segundo año. Teníamos un gran equipo. Ganamos 32 juegos y perdimos sólo tres. Fui reclutado por varias universidades de la División I de NCAA (Asociación Atlética Nacional Universitaria, por sus siglas en inglés), pero decidí posponer mi educación universitaria para servir una misión. Fui llamado a servir en Alabama. En Alabama conocí a personas y familias que ejercitaron su fe y confianza en el Señor. Fue a causa de su fe, que sus vidas fueron bendecidas.
Uno de esos individuos fue la hermana Eva Oryang de Uganda, África. Mientras vivía en su país natal, tuvo un puesto político alto y sirvió como un miembro destacado del gobierno. Sin embargo, en el verano de 1988 los funcionarios del gobierno de Uganda recibieron varias amenazas de muerte y la hermana Oryang temió por su vida. Ella se fue de Uganda y llegó a Tuskegee, Alabama; donde su hijo mayor asistía a la Universidad de Tuskegee. Después de vivir dos semanas en los Estados Unidos, se desanimó bastante y entró en depresión. Ella había dejado algunos hijos y a su esposo en África y no estaba segura de cuando podría tener a toda su familia junta nuevamente.
La hermana Oryang había aprendido de Dios en su país y tenía fe en Él. Una noche ella oró. Oró toda la noche hasta el amanecer y todo lo que ella dijo en su oración fue esto: “Padre Celestial, sé que necesito una iglesia. ¿Podrías primero enviarme la iglesia correcta?”
En la mañana tocaron la puerta. Su hija atendió y regresó a la habitación de su madre. “Madre, tienes visitas”.
La hermana Oryang pensó, “Soy una extraña en este país. ¿Cómo es que pueda tener visitas?” Viendo a los jóvenes en la puerta, pensó, “América es un lugar extraño. Los padres mandan a sus hijos afuera con sus nombres en las camisas.”
Los misioneros se presentaron. La hermana Oryang les dijo, “Acabo de terminar mis oraciones y le pedí al Señor que me mandara la iglesia correcta.” Claro que los misioneros sonrieron con alegría y afirmaron que eran representantes de la iglesia correcta.[1]
Mientras la hermana Oryang los guiaba hacia la sala, tocaron la puerta de nuevo. Era el ministro de otra fe que vivía del otro lado de la calle. Él había estado observando a la familia la semana anterior y pensó que ese era un buen momento para ir a visitar. Comparando este caballero mayor con los misioneros, la hermana Oryang se preguntó, “¿Cómo es que estos jóvenes pueden decirme algo sobre Dios?”
Ella guió al ministro a la cocina. Mientras se sentaba, volvieron a tocar la puerta. ¡Dos hermanas mayores otra fe habían estado proselitando en esa área y decidieron tocan la puerta de los Oryang!
La hermana Oryang pensó, “Acabo de terminar mi oración, y le pedí al Señor que me enviara la iglesia correcta primero.” Ella despidió al ministro y a las otras dos hermanas y escuchó intensamente a los misioneros. En semanas, la hermana Oryang se unió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Otros miembros de su familia pronto se unieron a la Iglesia también.
Antes que la familia Oryang se uniera a la Iglesia, la rama de Tuskegee tenía como diez miembros asistiendo cada domingo. Después de la conversión de la hermana Oryang – por medio de su ejemplo de fe y testimonio – la rama creció en sólo nueve meses de diez a más de sesenta personas asistiendo a la iglesia. Su hijo, David, fue el presidente de la rama unos años después.
La hermana Oryang, como otros, fue bendecida con la plenitud del evangelio eterno – un regalo que compartió con muchos otros. Ella entendió la influencia y el poder del Espíritu Santo y como éste ayuda a cambiar vidas y lleva a las personas más cerca a nuestro Padre Celestial. Trabajé con la hermana Oryang después de su conversión, ella me ayudó a entender los tres ingredientes necesarios para asegurar la felicidad y la paz en esta vida y darnos una muestra de cómo será nuestra vida en el hogar celestial.
Los ingredientes claves son fe, familia y amistad.
El primer ingrediente, fe, es esencial para obtener el poder necesario para entender el amor que nuestro Padre Celestial nos tiene y Sus deseos para que triunfemos. Fe es el poder que nos mueve hacia el arrepentimiento y nos inculca el deseo de mejorar. Ejercitar la fe nos permite sobrellevar el desánimo y las penas, al reconocer que el Salvador sufrió en el Jardín de Getsemaní para que el sufrimiento y dolor que sentimos a veces pueda ser aliviado y la paz pueda ser restaurada.
Hay una diferencia entre tener fe y ejercitar la fe. Tener fe denota una creencia en el Salvador; ejercitar la fe requiere acción. Cuando ejercitamos la fe, permitimos que nuestra creencia nos guíe a orar, leer y estudiar las escrituras, a arrepentirnos y a guardar los mandamientos de Dios. Es al ejercitar la fe que nuestra creencia, conocimiento y amor por el Salvador crece y por ende, nos fortalece.
El segundo ingrediente es familia. Tener una relación familiar sólida es imperativo para ayudarnos a entender los principios del perdón, servicio, y generosidad. El presidente Spencer W. Kimball, nuestro décimo-segundo presidente de la Iglesia, sugirió que era por medio de las familias que logramos dominar las enseñanzas del evangelio de Cristo. Él declaró:
“La espiritualidad es… nutrida por nuestras acciones de paciencia, bondad y perdón hacia cada uno y en la aplicación de los principios del evangelio en nuestro círculo familiar. El hogar es donde nos convertimos en expertos y especialistas en rectitud del evangelio, en aprender y vivir las verdades juntos”.[2]
Las familias vienen en todas formas y tamaños. Algunos hijos son criados en hogares con solo un padre o madre, algunos son adoptados y otros son criados y enseñados por abuelos y otros familiares. Yo fui criado solo por mi madre. Ella siempre me enseñó a tener fe y me ayudó a entender la obra de Dios en nuestras vidas.
Ahora estoy casado y he sido adoptado en la familia de Stephanie. Continúo aprendiendo muchas cosas de mis parientes políticos y cuán importantes son los abuelos en la crianza y enseñanza de nuestros hijos.
El tercer ingrediente es la amistad. El presidente Larry Gibson, presidente de la estaca Highland Utah West, define un amigo como “alguien quien es atraído a otro por afecto, estima y por respeto. Son estos atributos los que llevan al deseo de estar con un amigo y de buscar promover prosperidad y felicidad.” [3] Los buenos amigos brindan apoyo y guía.
En la conferencia general de abril de 1997, el Presidente Hinckley, nuestro amado profeta, declaró que cada miembro de la iglesia necesita tres cosas: “un amigo, una responsabilidad y ser nutrido por ‘la buena palabra de Dios’ (Moroni 6:4).”[4] Después sugirió que el convertirse en un amigo es probablemente lo más difícil. El salir de nuestra zona de confianza y extender la mano de amistad es desafiante. Lleva tiempo desarrollar una amistad – pero este es el tiempo que necesitamos tomar.
En algún punto todos vamos a ser probados. Es parte de la vida. Cuando esos tiempos llegan – y vendrán – es un gran sentimiento saber que se tiene un amigo en la escuela, en el trabajo o en el barrio, para demostrarle amor, para escuchar sus penas, para ser un ejemplo de bondad y para testificar de la verdad. Estos son los atributos de la amistad. El Salvador nos llamó Sus amigos y dijo, “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). En Proverbios dice, “En todo el tiempo ama el amigo” (Proverbios 17:17). Necesitamos el tiempo para convertirnos en amigos. Existen personas con las que ustedes se asocian que necesitan de su amistad y apoyo.
Hermanos y hermanas, yo sé que Dios vive. Sé que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y el Unigénito del Padre, nuestro Redentor, nuestro Salvador y nuestro Amigo. Sé que tenemos un profeta viviente, Gordon B. Hinckley, y que esta es la Iglesia del Señor sobre la faz de la tierra.
Se nos ha dado mucho; por ende, debemos dar de nosotros, incorporar y fortalecer la fe, la familia y las amistades. El hacerlo nos asegura felicidad y paz en esta vida y nos ayuda a empezar a entender, en parte, como será la vida en nuestro hogar celestial.
Mis amigos, tomen ventaja de la bondad del Señor. Sus brazos de misericordia y amor están extendidos y todos estamos invitados a venir. Porque dijo el Señor:
“Venid a mi todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar.
Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprender de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vosotras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).
El Señor les ama a ustedes y a mí. En el nombre de Jesucristo, amén.
[1] Los misioneros que tocaron la puerta de la casa de la familia Oryang fueron el élder David Steab y su compañero. Ellos enseñaron y luego bautizaron a la familia Oryang en 1988. Peter Johnson sirvió en Tuskegee, Alabama, desde septiembre 1988 a mayo 1989 – después que los Oryang fueron miembros de la Iglesia. Fue durante ese tiempo que la asistencia de la rama creció de 10 a más de 60 personas en la reunión sacramental.
[2]Spencer W. Kimball, “Therefore I Was Taught,” Ensign, enero de 1982, página 3.
[3] Conferencia de Barrio Highland 27th, Highland Utah West Stake, 14 de enero de 2007.
[4] Gordon B. Hinckley, “Converts and Young Men,” Ensign, mayo de 1997, página 47.
